Siguiendo La Luna

Alguna vez se han preguntado ¿qué hay abajo de nosotros? ó ¿qué hay arriba? ó  ¿de qué estamos hechos?; ¿estamos realmente disfrutando cada día?, ¿qué pasaría si mañana dejamos de existir?, ¿habremos aprendido a sentir más allá de lo que nos han dicho siempre?, ¿nos llevaríamos los amaneceres y atardeceres suficientes como para ya no volver a verlos?…

Hace algunas semanas me surgió la primera de estas preguntas. Lo compartí con una de mis mejores amigas y me dijo que ella nunca se había cuestionado eso, pero que le había “movido el tapete” con mis cuestionamientos.

Discutimos un poco sobre el tema y tratamos de encontrar respuestas, pero la verdad es que no llegamos a nada y preferí ponerme a escribir…

A mí, el tapete no sólo me lo movió “la pregunta”, sino otras cuantas cosas: los 55 días de viaje en coche por el sur de mi país, los 7,000 kilómetros de carretera recorridos, los amaneceres, los atardeceres, los colores del mar, la cocina, las tazas de café, las personas con las que platicamos, los ojos que vimos (y que nos vieron), el miedo y el amor que sentimos al mismo tiempo, la inspiración que nos dejó cada lugar al que fuimos…

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#ManilaDeViaje

Para ser sincera, nunca imaginé que el 2017 sería así. Después de un inicio de año complicado (por no decir “de la chingada”), la cuenta regresiva se cumplió: dejé atrás la empresa a la que siempre le estaré agradecida por, entre otras cosas, haber abierto mis ojitos, @Manila_MX tuvo más proyectos, nos casamos (<3), vendimos todo lo que formaba el cubo donde vivíamos y nos fuimos a seguir la luna.

Gracias a la entrega de este proyecto, el viaje se retrasó por lo menos un mes. La ruta cambió no una vez sino varias. Por fin, a finales de noviembre, Luna, Júpiter y yo salimos hacia la costa chica de Guerrero en un Honda Civic del 2001 (sí, leyeron bien, 2001) y de Guerrero fuimos bajando para tomar las playas de Oaxaca: Chacahua, Zipolite, Mazunte, San Agustunillo, Puerto Ángel, Barra de la Cruz y Playa Cangrejo. Después Chiapas, Quintana Roo, Yucatán y ya al final otra vez Oaxaca, pero esta vez ciudad.

Este es el primer post de muchos, pues son tantos los lugares que quiero mostrarles y muchas cosas que quiero escribir y compartir que será mejor ir “pian, pianito”. Quiero enseñarles lo que me llenó de inspiración y algunas experiencias de los lugares a los que fuimos a seguir la luna.

El 22 de noviembre cargamos el coche con todo lo necesario (diría incluso que se nos fue la mano) y salimos de la CDMX por ahí de las 8:00 am, un cafesito rápido y a tomar la carretera para llegar a buena hora a donde ya sabíamos qué queríamos parar a comer.

A media tarde, llegamos a Barra Vieja, Guerrero, para comer en Beto Godoy. Sí, la bienvenida del viaje tenía que ser comiendo (es que somos de esos amantes de la cocina), pedimos pescado a la talla, nos trajeron tortillas hechas a mano, arroz, frijoles y una Pacífico helada para celebrar que, por fin, después de meses, habíamos salido a la aventura. Ya desde ese momento había que hacer que cada día valiera la pena, no por nada dejamos todo atrás ¿o no?.

Después de los taquitos y de ver cómo van llegando los pescados fresquitos para que luego elijas el tuyo y lo disfrutes tanto como nosotros, seguimos el camino hacia Playa Ventura.

Nos quedamos en un hotelito, “Mesón Casa de Piedra”, y una de las cosas que de ahí me llevo, es la inspiración que me dio el dueño, quien también dejó todo atrás y que se cansó de la ciudad, del tráfico, de no ser feliz y decidió montar este paraíso con su esposa. Cuando tenga mi casa de playa, si es que decido irme a vivir al mar, estoy segura de que mi casa tendrá rincones y detalles como los de este lugar.

También me llevo la primera mañana del viaje; despertar y, con los ojos entreabiertos, salir a caminar a la playa con el sol tempranero, ese que a penas va calentando la mañana, el que va despejando la bruma.

La otra cosita que me llevo de esta primer parada (y ya es gula) es la concha de vainilla del desayuno, cada mañana llega desde Copala el pan dulce recién salido del horno para los que se hospedan en el Mesón.

Darle la bienvenida al viaje con esta mañana de caminata para después encontrarse con el pan y un cafecito recién hecho es de estos placeres sencillos de la vida que estos días me dieron y que se quedarán para siempre.

Agradecer y sentir esas mañanas, tomarnos el tiempo de estar con nosotros mismos unos minutos y ponerle una intención a todo lo que viene.

Pasamos solo dos noches en Playa Ventura; que, si lo vemos en relación a los casi 30 años de vida (más de 10,000 días), no es nada y ya para ese momento había sentido una de las mejores mañanas de mi vida; esa se queda para siempre, lo que dure siempre.

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